Yo tampoco sabía situar en el mapa el norte de Palencia. Para mí, ese lugar tenía tanto glamour como una garita de obra. Hasta que me dio por hacer lo que nunca había hecho: decir que sí. ¿Destino? La Montaña Palentina. ¿Por qué? Porque tenía miedo. Y eso, querido lector, es la mejor señal para darte el cambiazo por dentro. Este viaje no iba a ser de postal, ni lo pretendía.

El miedo que te susurra «no vayas» suele ser el mejor GPS

Llegué a Cervera de Pisuerga en plena primavera. Todo era verde hasta escupir clorofila. Me bajé del coche con esa sensación de haber llegado al sitio equivocado… como cuando entras a una fiesta donde no conoces a nadie y encima vas sin copa. Los pueblos allí tienen más silencio que habitantes. Para uno de ciudad, eso es un desafío psicológico.

Subí a pie hasta el Mirador de la Peña. Sudor, respiración entrecortada, y ese runrún mental que te suelta que te vayas, que esto no es para ti. Pero algo dentro, por cabezonería o instinto, me hizo seguir. Y cuando alcancé la cima… no lo entendí. La vista era preciosa, sí. Pero lo que me transformó fue el silencio. Ese silencio que está lleno. De cosas que nunca te dijeron. Y ahí empecé a escucharme. No como quien oye su voz interior. No. Como quien escucha por fin lo que lleva años gritando por dentro.

A veces no encuentras respuestas porque estás haciendo las preguntas en el lugar equivocado

Un día me perdí cerca del Embalse de Ruesga. Literalmente. Me entró el clásico pánico urbanita: «¿Y si no encuentro la ruta de vuelta?». Pero decidí sentarme en una piedra. El móvil sin cobertura. El mapa mental de Google roto. Y sin embargo, por primera vez, quietud. Ahí entendí que quienes siempre estamos corriendo, simplemente no nos damos tiempo para parar y ver. A los cinco minutos apareció una pareja de ancianos paseando que me devolvió al mundo conocido. Sin dramatismos. La vida te enseña cuando te abres a que lo haga.

Descubrí cuevas escondidas, como la de los Franceses, y paisajes que parecen de otro planeta, como en el monasterio de Santa María, a unos pocos kilómetros. Pero lo importante no fue el lugar. Fue que empecé a entender que lo que más miedo me daba era parar. Y que no estaba solo en eso.

La Montaña Palentina no te promete nada… y eso es justo lo que necesitas

Este viaje de aprendizaje interior me enseñó que no hace falta irse al Tíbet para reconciliarte contigo. A veces tienes el Himalaya emocional a la vuelta de la esquina, y no lo ves por ir programado como un robot. Esta zona de Castilla es así: ruda, sincera, sin efectos especiales. Y justo por eso, te obliga a encontrarte sin trampas.

Una semana entre ermitas escondidas, rutas de senderismo que parecen trazar tu mente y charlas con gente de pueblo que no tiene agenda. Solo tiempo. Y eso, amigo, no lo encuentras en Amazon.

¿Y tú? ¿Para cuándo ese viaje contigo?

No hace falta esperar al síndrome del quemado ni al drama existencial de manual. Esta zona de España está ahí, quieta, esperando a que alguien como tú diga basta y mire para adentro a través de un viaje. Si eres de los que viven a salto de mata, te recomiendo parar. Coger un coche. Tirar para Palencia norte. Y dejar que la tierra —y el silencio— trabajen contigo.

Si vives cerca o te pillan bien los tiros, date el regalo de explorar todo lo que esta tierra ofrece. No te van a dar ni ‘likes’ ni seguidores. Pero quizás, encuentres algo más.

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