Hay viajes que haces con tu pareja para hacer turismo. Otros, los haces para huir de la rutina. Pero hay uno… ese que no planeas, que te pilla a contrapié emocional, y cuando vuelves ya no eres el mismo. Así fue el nuestro, y te lo cuento no porque quiera jugar al romántico impostado, sino porque me cambió las entrañas.
Comenzó con una maleta y terminó con una grieta, de las buenas
No voy a maquillarlo. No estábamos en nuestro mejor momento. El roce del día a día, los silencios que pesan más que los gritos… todo eso estaba con nosotros cuando decidimos viajar. Ya sabes, el famoso «vamos a desconectar». Benditas mentiras que a veces, curiosamente, funcionan.
Nos largamos al norte, a uno de esos pueblos donde si pestañeas te lo has recorrido entero. La idea era andar, respirar aire, comer y poco más. Pero cuando andas tanto, también piensas. Y cuando la persona que tienes al lado ya no es solo compañía, sino espejo, todo empieza a sacudirte por dentro.
Hubo un momento, caminando por un sendero polvoriento entre castaños, en el que la vi mirar un paisaje como si fuera la primera vez. Y me miró. Y no dijo nada. Pero en ese silencio había más palabras que en todas las discusiones que habíamos tenido el último año.
Viajar con tu pareja no siempre une… a veces despierta
Nos enfrentamos a nosotros mismos. A ese otro que hemos dejado crecer por comodidad, o simplemente por perder las ganas de cambiar. Viajar con tu pareja te lanza contra ti mismo. Y eso puede ser jodido, sí, pero también necesario.
Una noche lo hablamos. Con una copa de vino barato en la mano y las caras desencajadas pero sinceras. Hicimos limpieza emocional, de la buena, la que escuece. Y al día siguiente, fue como si hubiéramos renovado el contrato. No porque lo dijéramos en voz alta, sino porque volvimos a mirarnos sin rencor, sin juicio, sin esa inercia amarga con la que a veces convive uno cuando duerme acompañado pero se siente solo.
Y no, no fue magia. Fue realismo emocional aplicado en un viaje. Fue decirnos las verdades sin adornos. Y entender que seguir juntos no era una obligación, sino una elección diaria. Así de simple. Así de crudo.
Lo que de verdad cambió en nosotros
Después de ese viaje, seguimos siendo los mismos… pero no del todo. Aprendimos a cuidar las pequeñas cosas, a no tragarnos las palabras, a hacer de la rutina un refugio y no una celda.
Ya no dejamos las conversaciones para mañana. Ya no dormimos dándonos la espalda sin saber por qué. Y cuando discutimos, que lo hacemos, al menos hay una intención clarísima: entender, no solo ganar.
Me atrevería a decir, sin ponerme cursi (porque no me sale), que viajamos con dos personas en crisis y volvimos con dos seres que eligieron crecer juntos. Y ojo, no hace falta irse al Tíbet ni hacer ayuno espiritual. A veces basta con irte al bar de al lado… pero ir con la actitud adecuada.
El vídeo que te dejo por aquí arriba lo ilustra muy bien. Dale al play cuando termines de leer. Te aseguro que no es uno de esos vídeos llenos de frases hechas. Éste remueve.
Y si estás pensando en darte una escapada, hazlo, pero no para tapar grietas. Hazlo para ver si merece la pena empezar de nuevo con esa persona que eliges cada mañana. Porque a veces, re-aprender a comunicarse en pareja es más necesario que encontrar el hotel con mejores vistas.
¿Te planteas una escapada que sea algo más que un viaje? Ponte en marcha, pero hazlo con los ojos abiertos. Y si quieres que te eche una mano a elegir bien el destino o la experiencia, contáctame. Trabajo desde aquí mismo, al lado tuyo, en el barrio. Nada de bots, nada de vendehumos. Sólo alguien que sabe lo que es pasar por ahí… y también cómo salir más fuerte. Nos tomamos un café y lo hablamos, ¿te parece?